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Me rindo.

No se trata de ser derrotista, se trata de no agotar los recursos innecesariamente.

Me considero una leona, peleona, y con un par de ovarios bien puestos para conseguir lo que me proponga. Y eso, está muy bien, pero mal gestionado, esto también me genera mucha tensión y frustración cuando los acontecimientos no se desarrollan como están previstos en mi cabeza cuadriculada.

Hasta que dejé medicina, no me veía capaz de nada, tenía una autoestima de mierda y no creía en mí. Una vez di el paso, me pasé al otro extremo. «I can and I will 💪» (con emoji de bíceps incluído, ojito) ese fue mi estado de WhatsApp durante casi dos añazos. (El  #pormiscojones español, lo que pasa que escrito en inglés, suena más bucólico 🤣 ). Tenía claro que quería cambiar mi mentalidad, y empecé por grabármelo a fuego en el chivato del inconsciente que se esconde en cosas tan mundanas como el inocente estado de WhatsApp.

Creo firmemente en la intención, la proactividad y el concentrar el foco. Ir a por mis sueños y tener objetivos, le dan salsa a mi vida, pero, cada vez con más frecuencia, se me presentan situaciones en las que me veo forzada a soltar. ( Forzada es la palabra, porque peleo hasta que la mente, o el cuerpo, ya no pueden más). Objetos que se estropean, relaciones que se rompen, seres queridos que se enferman y mueren, ceses forzosos de actividad profesional…

Me doy cuenta de la importancia del equilibrio entre el hacer y el soltar. Soltar, casi nada, ¡qué difícil cuando tengo la tendencia a mantenerlo todo bajo control! Poner intención, aunar las fuerzas y perseguir objetivos, está muy bien, pero también dejar espacio a esa parte mágica del proceso, en la que se suelta el resultado aunque se le pongan todas las ganas.

Empiezo a creer firmemente en la magia de la vida, no solo por ser una acérrima fan de Harry Potter y las aventuras de Howgtars. La magia del día a día, de las señales «ocultas» a cuya recepción empiezo a ser más sensible. A mí me da por llamarlo magia.

Quizás, empiezo a creer más en la magia, porque cada vez veo que las casualidadades poco tienen de casual.

Quizás, porque estoy empezando a observar más la naturaleza, y comprendiendo su mágico comportamiento. Aquel en el que la rendición y el sin esfuerzo, configuran la ley imperante. Así pues, observo cómo caen sin oponer resistencia algunas las hojas en otoño, cómo se dobla o quiebra una rama cuando el exceso de nieve la cubre, o cómo una planta se desarrolla sin exigir que las condiciones ambiente sean otras. ( Yo nunca he visto, por ejemplo, a un girasol cagarse en todo mientras crece porque haya poco sol o no llueva lo suficiente. O bien sigue creciendo en menor medida, o se seca, pero no pelea porque las cosas sean diferentes. Si así fuera, me pregunto qué sabor tendrían las pipas que albergase en su interior 🤔.

Practicar el wu-wei taoísta, mantener el equilibrio de la medicina china jing-chi-shen, esperar a que las aguas del río se aclaren (como Buda le decía a Ananda)… Distintas palabras, mismo resultado.

Sin duda, mucho menos doloroso que tener que hacerlo forzosamente tras llegar al punto de no retorno del «no puedo más». Me levanto, porque soy cabezona, pero la pila tarda más en recargar.

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